El juicio final

El juicio final

Pablo Ibar y su juez Dennis Bailey – Fuente: El Confidencial

Estamos a punto de conocer cual será el veredicto final del tribunal popular acerca del caso de Pablo Ibar y es posible que al leer estas palabras la sentencia ya esté dictada. El proceso nos ha acompañado intermitentemente durante 25 años y deja algunos datos llamativos:

  • Triple crimen cometido en 1994
  • Principal prueba contra Ibar: un video de baja calidad y una ínfima muestra de ADN “encontrada” recientemente (24 años después) en una camiseta plagada de ADN de un desconocido
  • Un delito previo de robo con allanamiento, por el cual Ibar cumplió 8 años, que parece el principal vínculo con el caso
  • 4 juicios anulados por lo inconsistente de las pruebas contra Ibar y la baja calidad de su defensa, junto con otros aspectos formales
  • 2 hijos (7 y 12 años) concebidos durante el proceso con su pareja Tanya Ibar
  • 26 años de condena, de los cuales ha estado 16 esperando en el corredor de la muerte como consecuencia de una de esas sentencias fallidas
  • 1 juez ( Dennis Bailey) que se presentó voluntario para juzgar el caso (a pesar de recibir críticas de parcialidad y vínculos con una de las víctimas)
  • 1 fiscal obsesionado con la idea de matar a Ibar
  • 1 jurado del cual fue expulsado el único miembro que votó en contra de la pena máxima en el último juicio (anulado por esa razón)

Lo de menos a estas alturas es si Pablo Ibar es culpable o inocente del crimen cometido hace 25 años. Sencillamente, han decidido acabar con él de un modo u otro.

Soy contrario a la pena muerte y la cadena perpetua, pero incluso comprendiendo los argumentos de los que están a favor (y en España la sociedad está dividida al respecto) es aberrante para cualquier sistema judicial que alguien pase todo ese tiempo con una condena de muerte encima, con la única esperanza de obtener la cadena perpetua como mal menor. No digamos si además el acusado es inocente de ese crimen, como todos los indicios racionales del caso parecen indicar. La simple duda, lo chapucero del proceso y el tiempo transcurrido, ya deberían bastar a estas alturas para adoptar un criterio de absolución moralmente incontestable.

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