Sobre bicicletas, aparcamiento y ciudades del futuro

Sobre bicicletas, aparcamiento y ciudades del futuro

IMAGE: Frobles - CC BY SA

Google ha extendido su plan para incorporar a Google Maps la localización y situación de disponibilidad de las estaciones de bicicletas compartidas(si hay bicicletas y si hay espacio para devolverlas), inicialmente presentado en Nueva York en abril de 2018, a veintitrés nuevas ciudades en todo el mundo, a las que añadirá más en breve. La decisión de Google sigue a la de Apple Maps y a apps específicas de movilidad como CityMapper, que incorpora incluso la localización de bicicletas dockless, sin estación base.

Sin duda, que el ordenador que todos llevamos en el bolsillo nos permita localizar rápidamente la situación y la disponibilidad de una bicicleta en nuestra ciudad es un gran aporte de cara a facilitar su uso. Sin embargo, lo que me temo es que el principal obstáculo para el uso de la bicicleta no es la disponibilidad de bicicletas ni la información sobre la misma – que repito, ayuda y es positiva, – sino algo más claro y evidente: el miedo. Al ciudadano medio, la posibilidad de subirse a una bicicleta y pedalear hasta su destino, salvo que carezca, por edad o limitaciones, de la condición física para hacerlo, no le asusta. Lo que le asusta es verse obligado, en un vehículo sin carrocería que le proteja, a hacerlo rodeado de automóviles, compartiendo la vía con vehículos de una tonelada o más que además, en las ciudades, conducen de manera generalmente agresiva y no llevan bien el hecho de reducir su velocidad para adaptarla a la de un vehículo de movilidad personal como una bicicleta o un patinete.

El problema de nuestras ciudades no son las bicicletas: son los automóviles. Y concretamente, su hiperabundancia y sus evidentes derechos adquiridos. Lo que hay que solucionar para mejorar la movilidad en las ciudades no es el problema que suponen las bicicletas, sino el problema que suponen los automóviles. Y para solucionarlo, hay que comenzar por convertir esos automóviles en una solución mucho menos atractiva. La forma de hacerlo pueden ser las restricciones a su circulación en determinadas zonas, como se plantea en un número creciente de ciudades; la implantación de peajes, como hacen otras; pero sobre todo, debe venir de la eliminación de derechos adquiridos, fundamentalmente, del aparcamiento.

¿Qué lleva a los ciudadanos a pensar que las calles son el lugar adecuado para abandonar sus vehículos durante horas? El aparcamiento en superficie supone la apropiación para un uso privado de un espacio público. Muchos ayuntamientos aprovechan esa situación para financiarse, de acuerdo, pero eso no cambia el hecho fundamental: que estamos utilizando un espacio público que podría ser puesto al servicio de todos los ciudadanos, para que una serie de personas, paguen o no, lo utilicen como su garaje privado. El aparcamiento en superficie nos priva de un espacio estratégico para el desarrollo de opciones alternativas, y además, el hábito de buscar espacio de aparcamiento en la calle contribuye muy negativamente a la congestión. En las ciudades del futuro, el aparcamiento en superficie está condenado a su total desaparición.

La medida fundamental para conseguir que las ciudades se conviertan en atractivas para opciones de movilidad personal como las bicicletas o los patinetes es la creación de carriles habilitados para ellos, donde los ciudadanos puedan circular sin jugarse la vida. Y la única forma razonable de habilitar esos espacios es quitándoselos al aparcamiento en superficie. Dejando de considerar la calle como un espacio para abandonar durante horas un automóvil. La ecuación es así de sencilla.

Existen numerosos mitos sobre los carriles bici, y todos ellos se han demostrado falsos. Ni perjudican al comercio local, ni están infrautilizados, ni son excesivamente caros si comparamos la inversión necesaria para crearlos con otras posibilidades alternativas. ¿Provocan atascos a los automóviles? Mejor, es lo que se pretende: que circular en automóvil particular se convierta en algo disuasorio, a lo que únicamente recurres cuando de verdad no te queda más remedio: así es como lógicamente hay que tratar al actor que genera la inmensa mayoría de los problemas tanto de polución como de congestión en nuestras ciudades.

Experiencias como la de Sevilla, convertida en ejemplo internacional, lo dejan claro: constrúyelos, y ellos vendrán. Proporciona a los ciudadanos una manera de moverse fácilmente y sin peligro, y la utilizarán. Sevilla eliminó más de cinco mil espacios de aparcamiento para construir su red de carriles bici, y ahora se circula en la ciudad muchísimo mejor. Argumentar que hay ciudades con mal tiempo, en las que llueve, en las que hace mucho calor, en las que hay pendientes fuertes, o que tu abuelita no puede ir en bici es absurdo: las bicicletas son ampliamente utilizadas en ciudades que mantienen un tiempo de perros la mayoría del año, existen soluciones tecnológicas que permiten eliminar o reducir sensiblemente el problema de las pendientes, y por supuesto, las bicicletas no son obligatorias, y se combinan con otras opciones de transporte más adecuadas para personas con limitaciones de movilidad.

No hay excusas: si se quiere, se puede. Pero eso exige una mentalidad diferente: la de que las ciudades ya no se pueden seguir construyendo para los automóviles, un modelo que ha probado ser completamente insostenible: hay que construirlas para las personas. El aparcamiento en superficie es un atavismo, un derecho adquirido que hay que eliminar. Un espacio público que ha sido objeto de apropiación privada, que afea poderosamente nuestras ciudades, y sobre todo, que podría dedicarse a usos mucho más adecuados, desde carriles bici hasta zonas de carga y descarga para los comercios. Cuanto antes empecemos, antes nos daremos cuenta de que, en las ciudades del futuro, aparcar en la calle será visto como algo imposible, absurdo, impensable, completamente de otros tiempos. Cuanto antes, mejor.


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