¿Somos todos Charlie Hebdo?

¿Somos todos Charlie Hebdo?

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Primer número de la revista Charlie Hebdo tras la tragedia

Cursaba 7º u 8º de EGB -no lo recuerdo bien- cuando en una de tantas mañanas me encontraba dibujando en mi bloc una enorme caricatura de todo el claustro de profesores de mi colegio. Ahí estaba yo, sentado en el pupitre y rodeado de la práctica totalidad de mis compañeros de clase sintiéndome por un instante una especie de líder espiritual. Se formó a mi alrededor una gran algarabía de chicos que contemplaban divertidos cada uno de los rasgos deformados que iba trazando con el bolígrafo y con los cuales iba perfilando a Don Jesús, Don Javier, Don Francisco, a la directora Dña. Candelas y como no, a Don Ricardo, el alma máter de aquel colegio frío y gris donde aprendí tolerancia a fuerza de añorarla.

Haré un breve inciso para decir que el colegio se llamaba Ramiro Ledesma Ramos -el nombre ya nos dice algo de sus orígenes pedagógicos nacional sindicales- y posteriormente, con la llegada de la Constitución de 1978, fue rebautizado como Gonzalo de Berceo. Era un nombre más conciliador y acorde con los nuevos tiempos, aunque sin perder la esencia católica del centro y manteniendo a todo su profesorado, mayoritariamente filofalangista en aquella época.

El castigo físico en la escuela no estaba mal visto en la España de los años 70 o al menos no en ese colegio. Por aquel entonces, era habitual que cada profesor llevase un pequeño listón de madera para arrearte en la palma de la mano. Otra variante era pasearte enganchado por la patilla de aquí para allá. Todo dependía del nivel de gravedad de la travesura que hubieses cometido o del estado de ánimo del maestro ese día.

En aquella ocasión, mi pequeño éxito artístico supuso un largo paseo enganchado por la patilla a manos de Don Jesús -que tenía unas manos enormes- hasta el despacho de Dña. Candelas, la directora y apodada “La Bruja” en mi dibujo. Aparte de lo humillante del paseo, que fue largo y doloroso, nunca podré olvidar la cara de desprecio de aquella mujer contemplándose en mi dibujo. Tampoco olvidaré la sonrisa de D. Jesús cuando se vió reflejado en el papel, después de arrancármelo de las manos. Comprendí que había acertado en la diana con mi bolígrafo y ese día aprendí lo que era la sátira y su extraordinario poder comunicativo.

Luego vino el instituto y la libertad. Las chicas, el punk y las historietas. Makoki, el Víbora, el Jueves, Pedro Pico & Pico Vena, Totem, Richard Corben y tantas referencias underground para los que sobrevivimos a nuestra adolescencia durante los años 80. La coyuntura política y social española no tenía desperdicio para la sátira gráfica y el éxito de esas publicaciones lo demostraba. La sociedad española demandaba toda esa libertad de expresión que estuvo secuestrada durante la dictadura.

Todo esto viene a cuento de que no me considero alguien sospechoso de escandalizarse con imágenes satíricas o burlescas. Entiendo y defiendo el papel de la prensa satírica, porque constituye una seña de identidad de cualquier sociedad libre y tolerante. He soltado muchas carcajadas con algunas portadas e historietas delirantes. Otras no me han gustado nada, porque me he puesto en el lugar de la víctima o de las personas posiblemente ofendidas y sencillamente no me ha hecho gracia. En la sátira descarnada siempre hay algo de rencor, un ligero regusto amargo que aparece tras la carcajada inicial.

El torrente de opiniones y posturas que estamos escuchando estos días a propósito de la tragedia vivida en Francia la semana pasada, está haciendo aflorar enormes dosis de hipocresía. Desde los padres que llevan a sus hijos al edificio del semanario Charlie Hebdo para decirles que allí han matado a personas por hacer “lo que vosotros hacéis en el cole”, hasta Angela Merkel diciéndonos ahora que el Islam “es parte de la sociedad alemana”. Hablamos de respeto y tolerancia para referirnos a la sociedad europea, pero en realidad las imágenes de Charlie Hebdo y otras publicaciones no fueron demasiado respetuosas con muchos millones de personas que profesan alguna religión, especialmente la musulmana donde cualquier representación de Mahoma es ofensiva. Yo personalmente, no entiendo qué sentido tiene ridiculizar la figura de Mahoma o la de Jesucristo, salvo irritar a muchos creyentes musulmanes o cristianos. Lo mismo ocurre con los judíos, porque el semanario atacaba por igual a las tres grandes religiones.

La libertad de expresión debe amparar este tipo de contenidos, pero yo no me siento identificado con ellos. En ese sentido, no soy Charlie Hebdo. Sí lo soy -y creo que eso le ocurre a más gente- en cuanto a que nuestros antepasados (al menos, los míos) se rompieron el pecho contra una dictadura para vivir en un lugar donde nadie muriese por hacer una caricatura. Donde ninguna opinión se viese cercenada por incómoda y de mal gusto que pudiese resultar. En ese sentido, sería comprensible la crítica mordaz hacia a los yihadistas o al islamismo radical, pero no alcanzo a comprender porqué la diana de Charlie Hebdo se enfocaba en la figura del profeta fundador del Islam, insultando así a la totalidad de los musulmanes sin distinción. Para explicármelo, sólo encuentro argumentos desafortunados, pueriles o simplemente una búsqueda deliberada de la confrontación. En la revista solían decir que lo hacían porqué les daba la gana y porque hay libertad de expresión, no en vano su encabezamiento reza “Journal Irresponsable”.

El resultado ha sido trágico y no creo que el mundo libre sea ahora más libre con toda su libertad de expresión intacta. Es más, tal vez ha llegado el momento de echar marcha atrás y recapacitar, porque el terrorismo islamista es un fenómeno muy complejo donde la primera colaboración debe venir de los propios musulmanes -los normales-. En ese sentido, la primera portada de la revista después de la tragedia ha sido más inteligente y menos irresponsable que sus predecesoras, aunque ha llegado demasiado tarde.

Es momento de dejarse de hipocresía si aspiramos a vivir en paz en una sociedad multicultural. Hay viejos valores que vamos a tener revisar entre todos. Uno de ellos es si vale todo en materia de libertad de expresión o debe ponerse límite a las ofensas generalizadas, de igual manera que hacemos con las expresiones racistas o xenófobas. Otro valor a revisar es si la comunidad islámica en Europa debe adaptarse a los valores de la sociedad europea -y no al revés- en asuntos como el uso del velo o el trato a las mujeres. Contra el fanatismo, la única vacuna eficaz es el sentido común, la tolerancia y la unidad de los que sólo queremos convivir en paz.

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