El Valle del Olvido (II)

Segunda entrega sobre el Valle de los Caídos, la arquitectura de los fascismos y el dilema sobre la utilidad que debe darse a los vestigios históricos de regímenes totalitarios.

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Escaparate de la tienda de souvenirs a la entrada de la basílica del Valle de los Caídos (Madrid) Foto: elinquilinodigital

Comienzo este segundo post confesando que me gustaría escribir que he pasado los últimos cuatro meses obsesionado con este tema y consultando toneladas de documentación a la luz de una lámpara, pero la realidad suele ser menos poética. Tan simple como que a veces nuestros proyectos personales bajan en escalera mecánica y los profesionales suben por el otro lado, se cruzan y se miran atontados al pasar, como en unos grandes almacenes.

Afortunadamente, la vida cotidiana te da un respiro cuando menos lo esperas y te permite volver a lo extraordinario. En mi caso, por fin encontré algo de tiempo para retomar mi primer post sobre el Valle donde lo dejé, ordenar papeles e ideas y cumplir mi palabra de darle continuidad, espero que te parezca interesante.

Arquitectura, fascismo y totalitarismo

A nadie se le escapa que los regímenes fascistas de entreguerras durante el siglo XX utilizaron la arquitectura como instrumento de sumisión colectiva. Algunos de sus ideólogos admitieron estar inspirados en la Roma Imperial o el Antiguo Egipto, buscando sobrepasar la escala humana y dotar a la sociedad de un “orden” que “se había perdido” con la Revolución Industrial y la llegada de los movimientos sociales en el siglo XIX. Uno de esos ideólogos, Albert Speer, decía que ese orden, fruto de un “nuevo tiempo”, debía sentirse en los espacios públicos e interiorizarse individualmente 

En esa voluntad higienizante de la sociedad tan característica de los fascismos, impera el orden, la linealidad y el colosalismo. Los arquitectos adscritos al poder totalitario adquirieron un gran protagonismo durante las décadas de 1930 y 40. Especialmente en Alemania, con Albert Speer y su Neue Baukunst (Nueva Arquitectura) o también en España con Pedro Muguruza, considerado como el arquitecto de cabecera de Franco y encargado de materializar algunas de sus más sonadas obsesiones.

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Proyecto de Boris Iofán para el Palacio de los Soviets

Paralelamente, en el ámbito del comunismo soviético, también encontramos nutridos ejemplos de lo que vino en llamarse “realismo socialista” o “realismo heroico”. La época de Stalin representó una etapa también conocida como gótico estalinista, en la cual destacaron numerosas construcciones y planes de reordenación urbana, con el exceso como característica predominante. A ésta época pertenecen los llamados “Rascacielos de Stalin” (o también las “Siete Hermanas”) y el proyecto estrella que culminó esta era, el Palacio de los Soviets, que nunca llegó a construirse y fue proyectado por Borís Iofán, el arquitecto predilecto de Stalin. Se trataba de una mole destinada a convertirse en el edificio más alto del mundo (415 m.) con una estatua de Lenin de 100 m. de altura en su cúspide. Nunca llegó a realizarse

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Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid), la obra más importante de Juan de Herrera y máximo exponente del estilo imperial español – Foto: National Geographic España

Como adelanté en el post anterior, en la España de Franco esta corriente arquitectónica común a todos los fascismos adquirió un tinte “imperial” o “neoherreriano”. Dicha denominación viene de su conexión estética con la época imperial española (último tercio del siglo XVI) y el arquitecto de referencia de Felipe II, Juan de Herrera. Gran parte de los edificios y monumentos construidos durante la posguerra en Madrid (Arco de la Victoria, Ministerio del Aire, Nuevos Ministerios) responden a esa influencia, aunque sin duda el máximo exponente del anhelo de Franco por conectar su régimen con la época de la España Imperial, está representado por el Valle de los Caídos. Tanto su ubicación geográfica como sus dimensiones, su estilo arquitectónico y su carácter funerario, reflejan el deseo de crear un pequeño “Valle de los Reyes” en plena Sierra de Guadarrama.

La Sierra de Guadarrama tiene un alto valor simbólico y estético para la monarquía en España, especialmente para aquellos reyes que hicieron imperio, como Felipe II. El antiguo Palacio de Valsain en Segovia ya fue residencia del monarca y se dice que fue allí donde concibió la construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.  Hay autores que defienden que no fue casual que Franco pusiese la vista en ese decorado regio para construir su tumba del Valle de los Caídos, pensando tal vez que así quedaría emparentado de alguna manera con la realeza imperial española.

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Vista frontal de la entrada a la basílica y la cruz, los minúsculos paseantes de la escalinata dan una idea del tamaño colosal del complejo – Foto: El inquilino digital

Pese a todo, los delirios arquitectónicos de Hitler aparecen algo más prosaicos que los de Franco, aun compartiendo inspiración y las señas de identidad comunes de la arquitectura en todos los fascismos: tamaño colosal, sentido racionalista y estética heroica.

Al igual que Franco, Hitler también buscó casi una década antes la conexión con un pasado imperial que diese fuerza y legitimidad al nacionalsocialismo. La ciudad alemana de Núremberg en la región de Franconia, dentro del estado de Baviera, fue el lugar elegido por el Führer como epicentro ideológico del nazismo. El pasado histórico de la ciudad como sede de las Dietas Imperiales (Reichstage) entre los siglos XI-XVI y su castillo medieval, inspiraron el proyecto de un enorme centro de convenciones políticas y paradas militares.

Como se explica a continuación en la galería fotográfica Fascinación y Poder: “Núremberg fue designada ‘Ciudad del Día del Partido’ por los nacionalsocialistas, principalmente por motivos pragmáticos: estaba convenientemente situada en el centro de Alemania y disfrutaba de excelentes comunicaciones. Además, había sido una ciudad industrial y obrera, una fortaleza socialdemócrata hasta 1933, aunque la policía local tenía fuertes simpatías hacia el Partido Nazi. El Nacionalsocialismo se instaló muy pronto en Núremberg y tuvo unos buenos resultados electorales, principalmente debido a la propaganda y a la figura de Julius Streicher, el Gauleiter (líder de zona del partido nazi) local”. También he recopilado algunas imágenes del Valle de los Caídos y su construcción en éste enlace dentro de una galería que he llamado La balada de Cuelgamuros.

Tras el largo período de amnesia colectiva experimentado por el país tras la guerra y el Proceso de Núremberg de 1945, vino la frase legendaria del canciller Konrad Adenauer: “La máquina debe seguir funcionando” para justificar la presencia de altos funcionarios nazis en su gobierno. Numerosos criminales nazis no fueron perseguidos y pudieron continuar su carrera en la vida civil, después de una purga simbólica que recibió el nombre de amnesia fría 

Pero la verdadera memoria en Alemania empezó a recuperarse en 1963, con el famoso proceso de Auschwitz contra un grupo de guardias del campo en Fráncfort. El juicio permitió a los jóvenes alemanes tomar conciencia de los crímenes cometidos por sus padres, una nueva catarsis que explotó con la revuelta estudiantil de 1968, cuando los jóvenes lanzaron a sus familiares una pregunta crucial: ¿Qué hiciste tú en la guerra?

Ya en la década de los 90 del siglo XX, la sociedad alemana vivió un profundo debate acerca de cómo abordar su propia memoria histórica desde la perspectiva de los monumentos y espacios construidos por el nazismo. Las opciones eran destruir o preservar. Optaron por reconvertir y -con el nuevo milenio- se inauguraron numerosos memoriales como el Museo Judío de Berlín (2001), el Monumento al Holocausto (2003-2005) y también el Centro de Documentación sobre la Historia de los Congresos del Partido Nazi en Núremberg (2001)

En España, la memoria histórica sin embargo aún levanta ampollas. Es difícil imaginar un debate sosegado alrededor de la cuestión, tal y como se produjo en Alemania en los años 1990-2000. No digamos ya encontrar consensos sobre qué hacer con espacios como el Valle de los Caídos.

Destruir, olvidar o preservar

El gobierno de J.L. Rodríguez Zapatero (2004-2011) intentó impulsar diversas medidas legislativas para reconocer y ampliar derechos a las víctimas de persecución o violencia durante la Guerra Civíl y la Dictadura. La más destacada fue la Ley de la Memoria Histórica (Ley 52/2007 de 26 de Diciembre), que tiene por objeto -pues sigue vigente- “suprimir elementos de división entre los ciudadanos” y también “facilitar el conocimiento de los hechos y circunstancias acaecidos durante la Guerra Civíl y la Dictadura”.

En ese contexto legal se formó la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos en mayo de 2011. Según los datos recopilados por esa Comisión, en el Valle de los Caídos yacen los restos registrados de 33.847 personas, víctimas de uno y otro bando de la contienda, que desde 1959 hasta 1983 fueron llevados en 491 traslados desde fosas y cementerios de casi todas las provincias de España, para ser depositados en columbarios individuales y colectivos, situados en las ocho cavidades adyacentes al crucero y a las capillas de la Basílica de la Santa Cruz. Los principales traslados se produjeron en 1959 (11.329), en 1961 (6.607) y en 1968 (2.919), siendo los últimos en 1983. De los restos inhumados, 21.423 registros son de víctimas identificadas y 12.410 de personas desconocidas, de acuerdo con la documentación que consta en Patrimonio Nacional.

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Vista del interior de la Basílica de la Santa Cruz y tumba del dictador Francisco Franco en primer término – Foto: Santiago Lopez Pastor FLICKR

Además, en el templo, en lugar preeminente al pie del altar, yacen también los restos de José Antonio Primo de Rivera, trasladados desde el Monasterio de El Escorial con ocasión de la apertura de la Basílica y los del dictador Francisco Franco, enterrado allí tras su muerte natural en 1975.

El deterioro del conjunto monumental hacen insuficientes su conservación y mantenimiento actuales, avanzando hacia un estado ruinoso. En 2011, la Comisión estimó en unos 13 millones de euros el presupuesto necesario para rehabilitar y alargar la vida útil del monumento. Esta cifra y el carácter como memorial para los vencedores que tradicionalmente ha tenido, invitaba a pensar en la posibilidad de no intervenir como la más conveniente, dejando que la Historia hiciese justicia sobre el lugar.

Sin embargo, es difícil obviar el hecho de que allí se encuentran inhumados los restos de más de treinta mil españoles, de distintas ideologías y territorios, muertos por causa de la Guerra Civil. Todos ellos merecen respeto y recuerdo, además de que deben servir de ejemplo para generaciones venideras acerca de las consecuencias de una contienda fratricida.

Este razonamiento llevó a esa Comisión a adoptar como válidos los argumentos de que el monumento debe conservarse, igualando y centralizando su interés en todas las víctimas de la contienda. También la necesidad de dotar de un nuevo significado al conjunto como memorial, sin perder su identidad como proyecto simbólico del bando vencedor por la necesidad de ser explicado e investigado, en un discurso que desvele la significación global de dicho proyecto. Pero ello requiere amplios consensos sociales en España que incluyen a la Iglesia Católica, además de una voluntad política decidida, equilibrada y reconciliada con el pasado. Eso no es fácil.

Las conclusiones de la Comisión son una lectura interesante que sin duda servirá en el futuro, porque será complejo reunir de nuevo en este país un grupo de expertos similar para reflexionar durante meses acerca de nuestra memoria sin caer en el revanchismo político.

Todos los dictadores del siglo XX anhelaban pasar a la posteridad como emperadores, pero tan sólo Franco consiguió escapar del juicio histórico que tuvieron sus poderosos coetáneos Hitler, Mussolini o el propio Stalin. Mientras España logra asumir su pasado, Franco todavía yace enterrado en el enorme santuario que él mismo ideó en el centro mismo del país, todo ello con una naturalidad que todavía resulta sorprendente.

De espaldas a la posteridad

Casa natal de Hitler en Braunau Am Inn (Austria) con el monolito de piedra de Mauthausen que reza: “Por la paz, la libertad y la democracia. Nunca más el fascismo. Millones de muertos lo advierten” frente a la entrada - Fuente: JOE KLAMAR AFP / Reuters-Quality

Casa natal de Hitler en Braunau Am Inn (Austria) con el monolito de piedra de Mauthausen que reza: “Por la paz, la libertad y la democracia. Nunca más el fascismo. Millones de muertos lo advierten” frente a la entrada – Fuente: JOE KLAMAR AFP / Reuters-Quality

En Austria, incluso la tumba de los padres de Hitler tuvo que ser retirada en 2012 como consecuencia de las peregrinaciones de neonazis y mitómanos, no digamos ya la tumba del propio Hitler, que nunca existió como tal -más bien el lugar exacto donde se depositaron sus restos- y fue un secreto de estado fuertemente preservado por el KGB hasta el fin de la URSS en 1991. Más reciente ha sido la polémica alrededor de la casa natal del dictador, que será expropiada por el gobierno austriaco para evitar que caiga en manos inapropiadas 

Benito Mussolini no corrió mejor suerte. Tras despacharse a gusto el pueblo italiano con sus restos por las calles de Milán y ser objeto de todo tipo de peripecias, encontró sepultura en una pequeña capilla en Predappio (Italia) la cual ha sido profanada varias veces 

Ni siquiera Iósif Stalin, que murió en extrañas circunstancias y durante algunos años compartió un lugar de honor en el Mausoleo de Lenin entre 1953-1961, escapó a las conclusiones del XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Dicho congreso declaró a Stalin indigno de compartir sepultura con el líder de la Revolución de Octubre, estableciendo la exhumación de los restos de Stalin desde el mausoleo a un lugar cerca de la muralla del Kremlin durante el período conocido como desestalinización.

En España, nadie se atrevía a hablar directamente con Franco acerca de los detalles de su entierro, ni siquiera Luis Carrero Blanco, hombre de confianza del dictador. No obstante, Diego Méndez, el arquitecto y discípulo de Pedro Muguruza que se encargó de las obras del Valle a su muerte, tomó la iniciativa de hacer una sepultura adicional a la de Jose Antonio, pero en la parte de atrás del altar.

El día que se inauguró el Valle de los Caídos, tras la ceremonia, Franco caminaba tras el altar mayor de la basílica junto a Diego Méndez comentando los detalles de la inauguración. De repente, se detuvo exactamente en el sitio donde estaba ya hecho el hueco para la sepultura y pronunció la famosa frase: “Bueno, Méndez, y en su día yo aquí, ¿eh?”. “Ya está hecho, mi general”, contestó el arquitecto. Nadie volvió a hablar del asunto 

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Ir a El Valle del Olvido (I)

Galería fotográfica y monografía sobre Núremberg: Fascinación y Poder
Galería fotográfica: La balada de Cuelgamuros

BIBLIOGRAFÍA:

El Valle del Olvido (I)

40 años

Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Francisco Franco, el hombre que lideró el último de los tres grandes regímenes fascistas europeos del siglo XX surgidos durante el período de entreguerras y conocido como nacional-catolicismo. Con motivo de dicho aniversario, desde hace algunos meses he puesto la atención sobre uno de los iconos monumentales que marcaron esa época y que mejor sintetizan los principios sobre los cuales se asentó el régimen de Franco; el Valle de los Caídos. Obviamente no se trata de un estudio en profundidad, es más bien una puesta al día y una recopilación de lecturas, fuentes y reflexiones acerca del pasado, presente y futuro del memorial que nunca fue y pudo ser, o tal vez algún día será y nunca debió ser.

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Entrada de la Basílica del Valle de los Caídos (Madrid) – Foto: El inquilino digital

Con esa motivación, abro hoy esta serie de publicaciones alrededor de un tema apasionante y muy necesitado de investigación desde diferentes áreas de conocimiento, que abarcan el trabajo de arquitectos, historiadores, juristas, forenses o antropólogos. El desafío es amplio y complejo, no está libre de dificultades y es probable que la sociedad española aún no esté preparada para afrontarlo. Pero una memoria digna y aceptada sin tabúes bien merece el esfuerzo, porque es la mejor herencia cultural que podemos dejarle a nuestros descendientes. Y por otra parte, es también el mejor homenaje que podemos rendirle a los españoles y extranjeros de todo género y condición, en uno y otro bando, que sufrieron las consecuencias de una cruel contienda civil y de una larga dictadura posterior que se extendió durante al menos dos generaciones.

De idea a proyecto

El complejo monumental del Valle de los Caídos fue ideado y promovido por Franco para honrar la memoria de los muertos en la Guerra Civil Española al finalizar la contienda, en 1939. Su construcción tuvo un carácter urgente y excepcional, con una duración inicial prevista de dos años. Sin embargo, la escala y complejidad del proyecto hicieron que tuviesen que transcurrir veinte años hasta su inauguración el 1 de abril de 1959, coincidiendo con el aniversario de la finalización de la guerra.

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El 1 de abril de 1940, ante el risco de Cuelgamuros, Franco hizo estallar el primer barreno simbólico y luego explicó personalmente sobre los planos a todos los presentes (los embajadores de Italia, Alemania y Portugal, las señoras, el propio arquitecto Muguruza, las autoridades militares y las jerarquías del Movimiento, con Sánchez Mazas y Serrano Suñer a la cabeza) la magnitud de la obra que aquel día comenzaba – Foto: Sueiro, Daniel; La verdadera historia del Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos se presentó en los canales de comunicación oficial de la época como un monumento para honrar la memoria de los caídos de “uno y otro bando” y destinado a favorecer la “reconciliación nacional”, aunque el Artículo I del propio decreto de construcción publicado en 1940, ya dejaba patente cuál era el verdadero objeto y misión del monumento  :

“Artículo I .- Con objeto de perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada, se elige como lugar para su reposo, donde se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, la finca situada en las vertientes de la Sierra del Guadarrama, término de El Escorial, conocida hasta hoy con el nombre de Cuelga-muros, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias a tal efecto y siéndoles de aplicación lo dispuesto en la Ley de siete de octubre de mil novecientos treinta y nueve.”

Este primer aspecto; la naturaleza propia del monumento, su objeto y misión, representa una polémica que ha llegado hasta nuestros días en la conciencia colectiva de los españoles. El Valle de los Caídos no ha conseguido convertirse en ese memorial de reconciliación que los ideólogos del régimen de Franco intentaron crear, porque en su génesis misma ya se planteó como un homenaje unilateral y excluyente a la victoria.

Posturas encontradas

Hoy en día, existen al menos tres posturas encontradas alrededor del monumento. Por un lado, los que lo utilizaron durante décadas como templo de exaltación falangista y del franquismo, provocando el miedo y el rechazo de gran parte de la sociedad española. El traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera a un lugar preeminente de la Basílica como el “primero y más importante de los caídos”, contribuyó sin duda a hacer del lugar un santuario para este sector de la sociedad.

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La piedra fría, la niebla y el verde de los pinos, junto con el tamaño de la construcción, forman un conjunto sobrecogedor – Foto: El inquilino digital

Por otro lado, encontramos opiniones más moderadas que han defendido voluntariosamente su carácter de homenaje a todos los caídos y la reconciliación de los españoles. A menudo se olvida que el “caído” más preeminente en el monumento después del fundador de Falange, es Francisco Franco. Si hay algo seguro es que Franco no fue caído en la guerra, lo cual plantea un serio dilema alrededor de su inhumación en el valle y el sentido del lugar como memorial a los caídos.

Por último, están otros muchos que ven el monumento como una enorme mole de piedra caída en olvido y destinada a perpetuar la figura de un dictador y su régimen. Un lugar donde yacen los restos sin honores de decenas de miles de republicanos anónimos, enterrados –o más bien amontonados- junto a sus enemigos en la contienda. Una visión que se apoya en las evidencias y la realidad misma del monumento en la actualidad. Sin mencionar a aquellos que directamente lo volarían por lo que representa, sin atender a su valor histórico, ni al respeto debido a todos los allí enterrados, por encima de su filiación durante la guerra.

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Constitución de la Comisión de Expertos. Complejo de La Moncloa, Madrid 30 de mayo de 2011 – Foto: RTVE

En este sentido, el Informe de la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos elaborado en 2011 , arrojó valiosas conclusiones por parte de un grupo multidisciplinar integrado por especialistas de diferente origen y signo político. Este grupo de expertos dedicó varios meses a analizar cuál debería ser el destino del monumento, su nuevo objeto y misión, dentro de los principios de la Ley de la Memoria Histórica (Ley 52/2007 de 26 de Diciembre) Me detendré sobre este informe más adelante, aunque lamentablemente su alcance fue limitado.

Llegado a este punto, confesaré que escribir cualquier cosa sobre el Valle de los Caídos es una tarea difícil. No me refiero a una complejidad técnica por la naturaleza del tema, más bien pienso en la mezcla de sentimientos encontrados que produce el lugar; su valor histórico, simbólico y también su carácter de santuario para miles de víctimas de la guerra. El Valle de los Caídos es tal vez el único monumento de esas características que existe en el mundo occidental contemporáneo, sólo comprensible en el seno de una sociedad como la española y su contexto histórico.

En mi visita de campo, realizada a finales de octubre de 2015, pude ser testigo del aire colosal e intimidatorio del conjunto arquitectónico, que estalla ante nuestros ojos en medio de un hermoso pinar. También de su enorme fuerza iconográfica donde nada parece casual y las dimensiones sobrehumanas de su basílica excavada en la roca. Asistí a la misa cantada por la Escolanía y presencié una liturgia de aire preconciliar y realizada de espaldas a los fieles gran parte del tiempo. Durante la misa, permanecí sobrecogido por el frío, la penumbra, el silencio y el vacío que uno siente –sólo roto por las voces de los niños- en el interior del crucero donde yacen los restos de Francisco Franco, Jose Antonio Primo de Rivera y más de 30.000 fallecidos de ambos bandos en la guerra civil, repartidos en las capillas laterales de la basílica.

Un fascismo peculiar

A diferencia de lo ocurrido en Italia con Mussolini (1922) o en Alemania con Hitler (1933), el nacional-catolicismo en España tiene algunas características que lo hacen único en el contexto de los fascismos de entreguerras.

En primer lugar, una guerra civil previa de origen político (1936-1939) vinculada con una tradición muy española de pronunciamientos militares procedente del siglo XIX. Le sigue una componente religiosa muy importante, sin la cual no puede entenderse la naturaleza misma del régimen y que está reforzada por la defensa o cruzada contra el anti-clericalismo desatado durante la guerra. Ello forjará una alianza del nuevo poder surgido por las armas y la Iglesia católica, que no se verá debilitada hasta la llegada del Concilio Vaticano II entre 1962-1965.

Por último está su carácter no menos importante como epílogo de esta serie de regímenes totalitarios, concluyendo fuera de período en 1975 con la muerte de Franco por causas naturales. La extraordinaria longevidad del franquismo hizo que se extendiese entre 1939-1975 experimentando diversas etapas o mutaciones políticas a lo largo del tiempo (Posguerra, Autarquía, Apertura, Desarrollismo y Declive). Dichas etapas suavizaron -y casi normalizaron- un régimen que llegó a distanciarse moralmente de los otros fascismos europeos, a pesar de compartir muchos de sus principios fundacionales.

España aún vive cierto estado de contradicción en lo referente al cierre de esa etapa histórica, porque la dicotomía entre memoria y olvido sigue atormentando a los españoles mucho tiempo después del fin de la guerra civil. En ese sentido, el Valle de los Caídos es un paradigma de los miedos y contradicciones que subyacen en la sociedad española para enfrentar su pasado más oscuro.

La monumental grandiosidad

Cuelgamuros era el nombre de la finca que deslumbró a Franco como una premonición para levantar el enorme monumento. El que fue primer Abad de la Basílica, Fray Justo Pérez de Urbel, relató de ese momento en que Franco y Moscardó hicieron sobremesa a comienzos de 1940 con una caminata por la sierra madrileña. Moscardó seguía jadeante a Franco tras pasar el Alto de los Leones, cuando el Caudillo al ver el Risco de la Nava quedó impresionado por las características del lugar como escenario para su proyecto personal de pasar a la posteridad. (Sueiro, pp.25) 

Cuelgamuros es un eufemismo histórico del nombre original que aparecía registrado en las escrituras del siglo XIX: Pinar de Cuelga-Moros. Se trata de un valle poblado de pinos, aromático, empinado y frío, situado en las estibaciones de la Sierra de Guadarrama en Madrid. Lo corona el Risco de la Nava y el llamado Altar Mayor, a 1.400 m. de altura, lugar que finalmente fue elegido por Franco para sustentar la enorme cruz que puede verse hoy en día desde decenas de kilómetros.

Aunque el régimen vistió su construcción como un homenaje a los caídos “por Dios y por España” son numerosos los testimonios de personas muy cercanas al Caudillo, como su primo el general Franco Salgado-Araújo , que ilustran la obsesión de Franco por dejar constancia de su persona en ese homenaje. Como relata Daniel Sueiro, “Franco quería tener su pirámide […] en el puro sentido faraónico de tumba y desafío a la posteridad” (Sueiro, pp.16) 

Pedro Muguruza

Pedro Muguruza – Foto: Abadía de la Sta. Cruz del Valle de los Caídos

La persona encargada de convertirlo en realidad fue Pedro Muguruza, el arquitecto designado para diseñar y ejecutar el proyecto de Franco para el Valle de los Caídos. Muguruza era un hombre próximo al régimen de Franco, Director General de Arquitectura cuando terminó la guerra y responsable de la reconstrucción de gran parte de los espacios devastados por la guerra. Era un hombre teórico, enérgico e inspirado en la idea del “sentido imperial de nuestra arquitectura” la cual, debía conectar con los “valores universales que los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II arrojaron en España en una voluntad de Imperio…” 

En palabras de Daniel Sueiro, Muguruza era retórico, “imperial”, pero no era colosalista como Franco, o al menos no tanto como cabría esperar en el gran momento de la “poética de lo colosal” en Europa. Admiraba a Albert Speer y a Enrico Del Debbio, arquitectos de referencia de Hitler y Mussolini respectivamente. Llegó a organizar una importante Exposición de Arquitectura Contemporánea Hispano-Alemana en 1942 y adquirió enorme poder e influencia al inicio del franquismo, al igual que le ocurrió a Speer con Hitler. Y como Speer, también fue un hombre destinado a materializar los delirios arquitectónicos de un dictador en aras de fundar una nueva sociedad.

En los próximos posts abordaré con más detalle esa interesante conexión entre fascismo y arquitectura, el papel de los trabajadores-presos y su tratamiento historiográfico, los enterramientos y la demanda de identificaciones, el papel de la Iglesia a través de la Orden Benedictina vinculada al complejo monumental y las posibilidades reales que existen de que un notable símbolo del franquismo pueda transformarse, algún día, en un auténtico memorial para todos los españoles. Espero que el tema os inspire tanto como me ha inspirado a mí y os agradezco vuestro apoyo y seguimiento, os espero a tod@s muy pronto.

Referencias: