El Valle del Olvido (II)

Segunda entrega sobre el Valle de los Caídos, la arquitectura de los fascismos y el dilema sobre la utilidad que debe darse a los vestigios históricos de regímenes totalitarios.

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Escaparate de la tienda de souvenirs a la entrada de la basílica del Valle de los Caídos (Madrid) Foto: elinquilinodigital

Comienzo este segundo post confesando que me gustaría escribir que he pasado los últimos cuatro meses obsesionado con este tema y consultando toneladas de documentación a la luz de una lámpara, pero la realidad suele ser menos poética. Tan simple como que a veces nuestros proyectos personales bajan en escalera mecánica y los profesionales suben por el otro lado, se cruzan y se miran atontados al pasar, como en unos grandes almacenes.

Afortunadamente, la vida cotidiana te da un respiro cuando menos lo esperas y te permite volver a lo extraordinario. En mi caso, por fin encontré algo de tiempo para retomar mi primer post sobre el Valle donde lo dejé, ordenar papeles e ideas y cumplir mi palabra de darle continuidad, espero que te parezca interesante.

Arquitectura, fascismo y totalitarismo

A nadie se le escapa que los regímenes fascistas de entreguerras durante el siglo XX utilizaron la arquitectura como instrumento de sumisión colectiva. Algunos de sus ideólogos admitieron estar inspirados en la Roma Imperial o el Antiguo Egipto, buscando sobrepasar la escala humana y dotar a la sociedad de un “orden” que “se había perdido” con la Revolución Industrial y la llegada de los movimientos sociales en el siglo XIX. Uno de esos ideólogos, Albert Speer, decía que ese orden, fruto de un “nuevo tiempo”, debía sentirse en los espacios públicos e interiorizarse individualmente 

En esa voluntad higienizante de la sociedad tan característica de los fascismos, impera el orden, la linealidad y el colosalismo. Los arquitectos adscritos al poder totalitario adquirieron un gran protagonismo durante las décadas de 1930 y 40. Especialmente en Alemania, con Albert Speer y su Neue Baukunst (Nueva Arquitectura) o también en España con Pedro Muguruza, considerado como el arquitecto de cabecera de Franco y encargado de materializar algunas de sus más sonadas obsesiones.

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Proyecto de Boris Iofán para el Palacio de los Soviets

Paralelamente, en el ámbito del comunismo soviético, también encontramos nutridos ejemplos de lo que vino en llamarse “realismo socialista” o “realismo heroico”. La época de Stalin representó una etapa también conocida como gótico estalinista, en la cual destacaron numerosas construcciones y planes de reordenación urbana, con el exceso como característica predominante. A ésta época pertenecen los llamados “Rascacielos de Stalin” (o también las “Siete Hermanas”) y el proyecto estrella que culminó esta era, el Palacio de los Soviets, que nunca llegó a construirse y fue proyectado por Borís Iofán, el arquitecto predilecto de Stalin. Se trataba de una mole destinada a convertirse en el edificio más alto del mundo (415 m.) con una estatua de Lenin de 100 m. de altura en su cúspide. Nunca llegó a realizarse

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Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid), la obra más importante de Juan de Herrera y máximo exponente del estilo imperial español – Foto: National Geographic España

Como adelanté en el post anterior, en la España de Franco esta corriente arquitectónica común a todos los fascismos adquirió un tinte “imperial” o “neoherreriano”. Dicha denominación viene de su conexión estética con la época imperial española (último tercio del siglo XVI) y el arquitecto de referencia de Felipe II, Juan de Herrera. Gran parte de los edificios y monumentos construidos durante la posguerra en Madrid (Arco de la Victoria, Ministerio del Aire, Nuevos Ministerios) responden a esa influencia, aunque sin duda el máximo exponente del anhelo de Franco por conectar su régimen con la época de la España Imperial, está representado por el Valle de los Caídos. Tanto su ubicación geográfica como sus dimensiones, su estilo arquitectónico y su carácter funerario, reflejan el deseo de crear un pequeño “Valle de los Reyes” en plena Sierra de Guadarrama.

La Sierra de Guadarrama tiene un alto valor simbólico y estético para la monarquía en España, especialmente para aquellos reyes que hicieron imperio, como Felipe II. El antiguo Palacio de Valsain en Segovia ya fue residencia del monarca y se dice que fue allí donde concibió la construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.  Hay autores que defienden que no fue casual que Franco pusiese la vista en ese decorado regio para construir su tumba del Valle de los Caídos, pensando tal vez que así quedaría emparentado de alguna manera con la realeza imperial española.

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Vista frontal de la entrada a la basílica y la cruz, los minúsculos paseantes de la escalinata dan una idea del tamaño colosal del complejo – Foto: El inquilino digital

Pese a todo, los delirios arquitectónicos de Hitler aparecen algo más prosaicos que los de Franco, aun compartiendo inspiración y las señas de identidad comunes de la arquitectura en todos los fascismos: tamaño colosal, sentido racionalista y estética heroica.

Al igual que Franco, Hitler también buscó casi una década antes la conexión con un pasado imperial que diese fuerza y legitimidad al nacionalsocialismo. La ciudad alemana de Núremberg en la región de Franconia, dentro del estado de Baviera, fue el lugar elegido por el Führer como epicentro ideológico del nazismo. El pasado histórico de la ciudad como sede de las Dietas Imperiales (Reichstage) entre los siglos XI-XVI y su castillo medieval, inspiraron el proyecto de un enorme centro de convenciones políticas y paradas militares.

Como se explica a continuación en la galería fotográfica Fascinación y Poder: “Núremberg fue designada ‘Ciudad del Día del Partido’ por los nacionalsocialistas, principalmente por motivos pragmáticos: estaba convenientemente situada en el centro de Alemania y disfrutaba de excelentes comunicaciones. Además, había sido una ciudad industrial y obrera, una fortaleza socialdemócrata hasta 1933, aunque la policía local tenía fuertes simpatías hacia el Partido Nazi. El Nacionalsocialismo se instaló muy pronto en Núremberg y tuvo unos buenos resultados electorales, principalmente debido a la propaganda y a la figura de Julius Streicher, el Gauleiter (líder de zona del partido nazi) local”. También he recopilado algunas imágenes del Valle de los Caídos y su construcción en éste enlace dentro de una galería que he llamado La balada de Cuelgamuros.

Tras el largo período de amnesia colectiva experimentado por el país tras la guerra y el Proceso de Núremberg de 1945, vino la frase legendaria del canciller Konrad Adenauer: “La máquina debe seguir funcionando” para justificar la presencia de altos funcionarios nazis en su gobierno. Numerosos criminales nazis no fueron perseguidos y pudieron continuar su carrera en la vida civil, después de una purga simbólica que recibió el nombre de amnesia fría 

Pero la verdadera memoria en Alemania empezó a recuperarse en 1963, con el famoso proceso de Auschwitz contra un grupo de guardias del campo en Fráncfort. El juicio permitió a los jóvenes alemanes tomar conciencia de los crímenes cometidos por sus padres, una nueva catarsis que explotó con la revuelta estudiantil de 1968, cuando los jóvenes lanzaron a sus familiares una pregunta crucial: ¿Qué hiciste tú en la guerra?

Ya en la década de los 90 del siglo XX, la sociedad alemana vivió un profundo debate acerca de cómo abordar su propia memoria histórica desde la perspectiva de los monumentos y espacios construidos por el nazismo. Las opciones eran destruir o preservar. Optaron por reconvertir y -con el nuevo milenio- se inauguraron numerosos memoriales como el Museo Judío de Berlín (2001), el Monumento al Holocausto (2003-2005) y también el Centro de Documentación sobre la Historia de los Congresos del Partido Nazi en Núremberg (2001)

En España, la memoria histórica sin embargo aún levanta ampollas. Es difícil imaginar un debate sosegado alrededor de la cuestión, tal y como se produjo en Alemania en los años 1990-2000. No digamos ya encontrar consensos sobre qué hacer con espacios como el Valle de los Caídos.

Destruir, olvidar o preservar

El gobierno de J.L. Rodríguez Zapatero (2004-2011) intentó impulsar diversas medidas legislativas para reconocer y ampliar derechos a las víctimas de persecución o violencia durante la Guerra Civíl y la Dictadura. La más destacada fue la Ley de la Memoria Histórica (Ley 52/2007 de 26 de Diciembre), que tiene por objeto -pues sigue vigente- “suprimir elementos de división entre los ciudadanos” y también “facilitar el conocimiento de los hechos y circunstancias acaecidos durante la Guerra Civíl y la Dictadura”.

En ese contexto legal se formó la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos en mayo de 2011. Según los datos recopilados por esa Comisión, en el Valle de los Caídos yacen los restos registrados de 33.847 personas, víctimas de uno y otro bando de la contienda, que desde 1959 hasta 1983 fueron llevados en 491 traslados desde fosas y cementerios de casi todas las provincias de España, para ser depositados en columbarios individuales y colectivos, situados en las ocho cavidades adyacentes al crucero y a las capillas de la Basílica de la Santa Cruz. Los principales traslados se produjeron en 1959 (11.329), en 1961 (6.607) y en 1968 (2.919), siendo los últimos en 1983. De los restos inhumados, 21.423 registros son de víctimas identificadas y 12.410 de personas desconocidas, de acuerdo con la documentación que consta en Patrimonio Nacional.

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Vista del interior de la Basílica de la Santa Cruz y tumba del dictador Francisco Franco en primer término – Foto: Santiago Lopez Pastor FLICKR

Además, en el templo, en lugar preeminente al pie del altar, yacen también los restos de José Antonio Primo de Rivera, trasladados desde el Monasterio de El Escorial con ocasión de la apertura de la Basílica y los del dictador Francisco Franco, enterrado allí tras su muerte natural en 1975.

El deterioro del conjunto monumental hacen insuficientes su conservación y mantenimiento actuales, avanzando hacia un estado ruinoso. En 2011, la Comisión estimó en unos 13 millones de euros el presupuesto necesario para rehabilitar y alargar la vida útil del monumento. Esta cifra y el carácter como memorial para los vencedores que tradicionalmente ha tenido, invitaba a pensar en la posibilidad de no intervenir como la más conveniente, dejando que la Historia hiciese justicia sobre el lugar.

Sin embargo, es difícil obviar el hecho de que allí se encuentran inhumados los restos de más de treinta mil españoles, de distintas ideologías y territorios, muertos por causa de la Guerra Civil. Todos ellos merecen respeto y recuerdo, además de que deben servir de ejemplo para generaciones venideras acerca de las consecuencias de una contienda fratricida.

Este razonamiento llevó a esa Comisión a adoptar como válidos los argumentos de que el monumento debe conservarse, igualando y centralizando su interés en todas las víctimas de la contienda. También la necesidad de dotar de un nuevo significado al conjunto como memorial, sin perder su identidad como proyecto simbólico del bando vencedor por la necesidad de ser explicado e investigado, en un discurso que desvele la significación global de dicho proyecto. Pero ello requiere amplios consensos sociales en España que incluyen a la Iglesia Católica, además de una voluntad política decidida, equilibrada y reconciliada con el pasado. Eso no es fácil.

Las conclusiones de la Comisión son una lectura interesante que sin duda servirá en el futuro, porque será complejo reunir de nuevo en este país un grupo de expertos similar para reflexionar durante meses acerca de nuestra memoria sin caer en el revanchismo político.

Todos los dictadores del siglo XX anhelaban pasar a la posteridad como emperadores, pero tan sólo Franco consiguió escapar del juicio histórico que tuvieron sus poderosos coetáneos Hitler, Mussolini o el propio Stalin. Mientras España logra asumir su pasado, Franco todavía yace enterrado en el enorme santuario que él mismo ideó en el centro mismo del país, todo ello con una naturalidad que todavía resulta sorprendente.

De espaldas a la posteridad

Casa natal de Hitler en Braunau Am Inn (Austria) con el monolito de piedra de Mauthausen que reza: “Por la paz, la libertad y la democracia. Nunca más el fascismo. Millones de muertos lo advierten” frente a la entrada - Fuente: JOE KLAMAR AFP / Reuters-Quality

Casa natal de Hitler en Braunau Am Inn (Austria) con el monolito de piedra de Mauthausen que reza: “Por la paz, la libertad y la democracia. Nunca más el fascismo. Millones de muertos lo advierten” frente a la entrada – Fuente: JOE KLAMAR AFP / Reuters-Quality

En Austria, incluso la tumba de los padres de Hitler tuvo que ser retirada en 2012 como consecuencia de las peregrinaciones de neonazis y mitómanos, no digamos ya la tumba del propio Hitler, que nunca existió como tal -más bien el lugar exacto donde se depositaron sus restos- y fue un secreto de estado fuertemente preservado por el KGB hasta el fin de la URSS en 1991. Más reciente ha sido la polémica alrededor de la casa natal del dictador, que será expropiada por el gobierno austriaco para evitar que caiga en manos inapropiadas 

Benito Mussolini no corrió mejor suerte. Tras despacharse a gusto el pueblo italiano con sus restos por las calles de Milán y ser objeto de todo tipo de peripecias, encontró sepultura en una pequeña capilla en Predappio (Italia) la cual ha sido profanada varias veces 

Ni siquiera Iósif Stalin, que murió en extrañas circunstancias y durante algunos años compartió un lugar de honor en el Mausoleo de Lenin entre 1953-1961, escapó a las conclusiones del XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Dicho congreso declaró a Stalin indigno de compartir sepultura con el líder de la Revolución de Octubre, estableciendo la exhumación de los restos de Stalin desde el mausoleo a un lugar cerca de la muralla del Kremlin durante el período conocido como desestalinización.

En España, nadie se atrevía a hablar directamente con Franco acerca de los detalles de su entierro, ni siquiera Luis Carrero Blanco, hombre de confianza del dictador. No obstante, Diego Méndez, el arquitecto y discípulo de Pedro Muguruza que se encargó de las obras del Valle a su muerte, tomó la iniciativa de hacer una sepultura adicional a la de Jose Antonio, pero en la parte de atrás del altar.

El día que se inauguró el Valle de los Caídos, tras la ceremonia, Franco caminaba tras el altar mayor de la basílica junto a Diego Méndez comentando los detalles de la inauguración. De repente, se detuvo exactamente en el sitio donde estaba ya hecho el hueco para la sepultura y pronunció la famosa frase: “Bueno, Méndez, y en su día yo aquí, ¿eh?”. “Ya está hecho, mi general”, contestó el arquitecto. Nadie volvió a hablar del asunto 

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Ir a El Valle del Olvido (I)

Galería fotográfica y monografía sobre Núremberg: Fascinación y Poder
Galería fotográfica: La balada de Cuelgamuros

BIBLIOGRAFÍA:

El Valle del Olvido: Galería Fotográfica

La arquitectura fue un elemento clave en el asentamiento ideológico de los regímenes fascistas del siglo XX. Desde la “épica de lo colosal”, el fascismo busca transmitir un mensaje nítido y sobrecogedor a la población que está sometida o seducida por sus principios: miedo, sumisión y pensamiento único.

Aunque concebidos para finalidades distintas, el Valle de los Caídos (Madrid) y el Palacio de Congresos (Nuremberg), fueron conjuntos monumentales guiados por parámetros comunes en su diseño. También ambos han supuesto una fuente de polémica permanente acerca de su destino, aunque Alemania parece haber conseguido resolver con mayor acierto la cuestión de su utilidad futura.

Recorrido fotográfico de 34 imágenes por diversos momentos de la construcción del Valle de los Caídos (Madrid) y su inauguración en 1959, así como su estado de conservación actual.

Colección de 32 fotografías y texto explicativo alrededor del Palacio de Congresos del Partido Nazi en Nuremberg (Alemania) Se recopilaron en 2001 con motivo de la inauguración del Centro de Documentación sobre la Historia de los Congresos del Partido Nazi. Fuente: Sören Brinkmann